martes, 2 de febrero de 2016

Lucía Morelia



Por Jaime F. Pérez Uscanga
Cd. Mante, Tamaulipas. Lunes 18 de noviembre de 2013.




UNO.

Él era viejo. Así lo decía su rostro con marcados surcos en la frente y las mejillas. Su pelo, largo, como a capricho del paso del tiempo, quebradizo, blanco. En sus mejillas, asomaba una cerrada barba también cana que nunca crecía más allá de ensombrecer su rostro.

Sus ojos, sin embargo, eran como los de un joven de 20 años. Azules, brillantes y reflejaban fuerza. Mucho más fuerza que la que de su cuerpo, pero menos que la que poseía en su mente. Tenía, sin embargo, solo 8 años de edad.

Así nació, viejo. Cuando bebé, su piel era rugosa, áspera y su cuerpo despedía un fuerte y repugnante olor que obligaba a su madre a bañarlo varias veces al día.

Sus huesos eran débiles. En varias ocasiones, ya nadie llevaba la cuenta, se había fracturado algún hueso al caer de su propia altura. Cuando cumplió seis años, su vida se redujo a una silla de ruedas que solo abandonaba para ser bañado, para dormir y para ir a hacer caca.

Así decía él: Caca. Así decía desde que tenía dos años y así seguía diciendo a los ocho. Y su mamá, Eleonora, corría a llevarlo al baño donde le ayudaba a sentarse en el excusado. Joel era muy silencioso. También su silla de ruedas. Nadie en la casa lo oía llegar y de repente, con el mismo sigilo, desaparecía. No hablaba, pero leía mucho.

Se pasaba horas enteras leyendo y escribiendo en una computadora que don Alberto le regaló cuando cumplió seis años para que ya no siguiera utilizando la suya. La primaria la estudió en casa, con maestros particulares que en solo cuatro años, le extendieron su certificado con excelentes calificaciones.

Don Alberto era viudo desde hacía once años y la mamá de Joel trabajaba en esa casa desde que era apenas una adolescente. Ellos, don Alberto y Eleonora se habían hecho amantes desde que murió doña Lucía a consecuencia del parto de su única hija, Lucía.

Joel no era hijo de don Alberto, sino de un trabajador del ingenio con quien se casó y de quien, un par de años más tarde, cuando nació Joel, se divorció porque nunca aceptó que su hijo padeciera de esa rara enfermedad que le había invertido su reloj biológico y le hacía parecer un monstruo. Eleonor nunca le perdonó a Pepe, su esposo, que nunca hubiera cargado a su hijo.

Don Alberto y doña Lucía, su esposa, tuvieron una hija, Lucía, quien nació tres años antes que Joel.

Rubia, de piel blanca, labios siempre rosas, ojos de color aceituna, Lucía fue siempre destacada en todo. En la escuela, en el ballet, en la academia de piano, en los juegos con sus amigas y amigos.

En el colegio, Lucía había aprendido a hablar inglés casi al mismo tiempo que el español y todos los días dedicaba al menos una hora para enseñar esa lengua a Joel, a quien trataba como si fuera su hermano. De tal manera, Joel pasaba como si cualquier cosa, de un libro en inglés a otro en español y cuando don Alberto le regaló su computadora, empezó con un curso de alemán en línea, así que, de vez en vez, leía simultáneamente hasta tres libros  escritos cada uno en esos idiomas, aunque para el de alemán tenía que consultar frecuentemente el traductor de Google.

Desde siempre, Joel y Lucía se acostumbraron a hablar en inglés entre sí, por lo que Eleonora y don Alberto nunca supieron de qué platicaban sus hijos.

-Joel quiere caca, Eleonora, corría Lucía a decir a su nana. Y Eleonora, apenada, regañaba a Joel porque aún y cuando tenía ocho años, hablaba, según ella, como un bebé y Lucía –de once años- cada día adoptaba más los rasgos de una señorita, condición que no pasaba desapercibida para Joel, sobre todo desde aquella mañana, un domingo, en que accidentalmente su silla de ruedas se atoró justo frente a la puerta del cuarto de Lucía y alcanzó a verla mientras se bañaba.

Ahí, en silencio, sin que en su rostro viejo se reflejara ninguna emoción, permaneció hasta que ella lo vio. Ninguno de los dos dijo nada.

Al día siguiente, muy temprano por la mañana, Lucía dejó a propósito abierta las puertas de su recámara y del baño y, aunque no volteó a verlo, ella sabía que Joel estaba ahí, sentado en su silla de ruedas, viéndola mientras se bañaba, cosa que, también a propósito, hizo lentamente, acariciando su cuerpo debajo de la regadera. Al final, ella volteó y vio a Joel, quien sin inmutarse, hizo avanzar su silla de ruedas hasta desaparecer.

Así fue como ese incidente se convirtió en un rito secreto que día tras día practicaban en silencio. Ni don Alberto ni Eleonora supieron nunca nada.

Ni ellos lo comentaron nunca entre sí durante las largas pláticas que sostenían en las tardes. Lucía tenía 15 años y Joel doce, aunque su apariencia era la de un hombre de 60 años.



DOS.

Cuatro años después, Lucía era ya una mujer hermosa. Ese día, 20 de abril, cumplía 19.

Joel de 16, ya caminaba apoyándose con un bastón de aluminio que anunciaba su presencia, por lo que Lucía sabía que él ya estaba, como todas las mañanas, parado frente a su puerta.

Ese día, sin embargo, don Alberto había salido a Veracruz a atender un negocio y Eleonora estaba resfriada y cuando se resfriaba, se encerraba a piedra y lodo en su recámara durante tres o cuatro días, mismos que ellos emplearon para descubrir el placer infinito de acariciar sus cuerpos, besarse y fundirse en uno solo hasta que los orgasmos los sorprendían una y otra vez.

La cara de Joel era ya muy distinta. Los surcos de las pronunciadas arrugas que le acompañaron durante toda su infancia y parte de su adolescencia, había ya casi desaparecido. Su piel ya no era tan áspera y su barba, aunque aún cana como su pelo, le crecía ya lo suficiente como para poder afeitarla al menos cada tres días. A sus 16 años, Joel tenía la apariencia, fuerza y agilidad limitada de un hombre de 50 años de edad, por lo que pronto descubrieron que debía ser ella quien tomara la iniciativa y sostuviera los ritmos durante las horas que se pasaban haciendo el amor en la cama, en el baño, la cocina, en el sofá blanco de la sala o en el sillón giratorio del escritorio de don Alberto.

A partir de entonces y durante los siguientes tres años, Joel y Lucía fueron amantes sin que ni Eleonora ni don Alberto lo imaginaran siquiera, pues además de que ella estaba siempre ocupada de los asuntos de la casa y don Alberto de los de sus negocios, el tiempo que tenían libre lo utilizaban para dar rienda suelta a su propia relación secreta.

Y fue durante esa época cuando Joel sufrió las transformaciones más visibles, pues primero su pelo se le cayó hasta quedar prácticamente calvo para, enseguida después, volver a salir sano, de color negro intenso, brillante. Cuando cumplió los 18 años, su aspecto era el de un hombre de 45 y ya, desde hacía dos años, había empezado a trabajar en la oficina de don Alberto al mismo tiempo en que estudiaba contabilidad.

Lucía, por su parte, después de haber renunciado a la carrera de diseño gráfico, había decidido estudiar arquitectura y vivía en Tampico con dos amigas con quienes compartía un departamento y como don Alberto viajaba seguido a esa ciudad por asuntos de sus negocios, ella prácticamente ya no iba a su casa y Joel se negaba ir a visitarla. Por ese tiempo, don Alberto y Eleonora decidieron formalizar su relación.

Nunca, hasta ese entonces, Joel había salido de El Mante, en donde con mayores o menores problemas, la gente ya lo aceptaba y excepto raras ocasiones se enfrentaba a situaciones incomodas por su apariencia.



TRES.

Joel se bajó de su camioneta y caminó despacio hacia el enorme centro comercial que recién habían inaugurado en Mante. Ahí, en un restaurante, iba a platicar con un hombre que conocía desde que él era un niño. Se trataba de Jorge Martínez Silva, el administrador general de las empresas de don Alberto, con quien se había citado para que le diera los detalles de su nuevo cargo en el grupo de don Alberto. Se trataba de la gerencia de una empresa con la que se habían asociado y que estaba presentando problemas en su administración.

-Mañana te vas a Tampico para que tomes el vuelo de la noche a México. Ahí te compras algo de ropa y lo que necesites y el jueves vuelas a Montevideo y te acomodas en el hotel. Ya el lunes te presentas en la compañía con Jorge Cano. Él ya tiene todo en orden y te va a ayudar en todo lo que necesites mientras tomas el control…
-¿Y lo de la exportadora?, preguntó Joel.
-Eso déjalo en mis manos… yo desde acá te voy a apoyar para que no se te complique nada.

Y así, de la noche a la mañana, Joel Velázquez Soto, contador público graduado con honores en la UAMM y con una maestría en finanzas, estaba a punto de salir por primera vez, de Cd. Mante, el pueblo en el que había nacido y vivido siempre. El pueblo en el que aprendió a vivir a contracorriente con el tiempo, de viejo a joven. El pueblo en el que amó a la única mujer de su vida, Lucía.

Tenía 26 años y su apariencia era la de un hombre maduro de 42, apuesto, alto, delgado y con rasgos muy varoniles. Aún usaba su bastón para caminar, pero las mujeres decían que eso le otorgaba un atractivo adicional poco común, además de que casi todo el pueblo sabía de su padecimiento –una rarísima variable de la progeria- con el que había nacido y no solo lo aceptaban, sino que se había convertido en un hombre socialmente atractivo, ello sin contar con la riqueza que algún día heredaría de su ahora padrastro, don Alberto Ruiz Galindo.

Muy en su interior, Joel soñaba con el día en que su edad cronológica empatara con su reloj biológico y tenía planes para festejar la ocasión viajando por todo el mundo durante todo un año.

Después no sabía lo que podría esperar, pues ningún médico había podido asegurarle nada una vez que superó el límite de los 13-15 años que suelen vivir los niños con progeria. Lo incierto de su futuro le impulsaba a vivir con la mayor plenitud cada minuto de su presente.

Del amorío intenso que vivió con Lucía no quedaba nada. Ella, tras graduarse como arquitecta, se mudó a Barcelona y poco supo más de su vida.



CUATRO.

-Muéstreme los documentos que me dice…, le repetía con la voz demasiada alta el oficial de la aduana en el aeropuerto de Montevideo.

Y Joel, presa de pánico, no atinaba a encontrar los certificados médicos en que se hacía constar que la edad consignada en su pasaporte era real y las razones de su apariencia.

Finalmente, tras haber mostrado los certificados y aclarada su situación, Joel fue tratado con cortesía y montado en un auto oficial que lo condujo hasta su hotel. Esa noche, Joel se emborrachó hasta casi perder la conciencia. Al día siguiente amaneció, desnudo, en una cama que no era la de su hotel.

Estaba en el departamento de Morelia, una exquisita morena de 26 años que había conocido en un bar la noche anterior. Prostituta desde los 17, Morelia hablaba alemán con soltura y Joel, ya borracho, le dio por hablar en ese idioma en el bar. Así se la ligó.

Tuvo suerte. Morelia tenía contactos en Montevideo y ese fin de semana se la pasó muy bien. Tanto, que Morelia le acompañó durante los dos años que vivió en Uruguay, apoyándolo siempre. Años después, cuando Joel agonizaba en una clínica de la ciudad de México, Morelia estuvo con él hasta su muerte, junto con Lucía.

De Montevideo, Joel regresó a México y se estableció en el Distrito Federal. Por alguna razón y tras la muerte primero de don Alberto y seis meses después, de su madre, Joel nunca más regresó a su casa en El Mante.



CINCO.

Durante todo ese tiempo, nada supo de Lucía, quien no fue a los funerales ni de su padre ni de Eleonora.

Cuando cumplió 30 años, Joel decidió regalarse el viaje alrededor del mundo para festejar el empate de su edad real y de su edad biológica.

Y fue mientras estaba en España buscando afanosamente a Lucía, cuando sufrió un primer desmayo que lo condujo a un hospital en donde le mostraron que algunos de sus órganos, particularmente el corazón y el hígado, estaban sufriendo alteraciones casi súbitas.

El segundo desmayo fue en Italia y ahí, hasta el hospital de Roma en que estaba siendo atendido, llegó Morelia, quien se quedó con él hasta que se recuperó y pudo viajar de regreso a México, en donde decidieron vivir juntos.


SEIS.

Un año más tarde, Morelia le confesó que estaba embarazada, lo que provocó que Joel estallara en ira al grado tal que la obligó a aceptar un aborto legal en una clínica especializada.  A escasos días de la fecha programada, Joel cambió de parecer y decidió darse la oportunidad de tener un hijo. Todos los médicos consultados habían descartado la posibilidad de que su padecimiento fuera hereditario. La probabilidad de que su hijo naciera con progeria o alguna variable de esta, era una de siete millones.

El periodo del embarazo de Morelia fue tortuoso para Joel, aunque ella nunca sufrió por ninguna molestia fuera de las comunes. Finalmente, la niña nació perfectamente sana y Morelia consintió en que se llamara Lucía Morelia.



SIETE.

Dos años más tarde, estaba ya padeciendo los síntomas del rejuvenecimiento acelerado de sus órganos y apariencia física. A sus 34 años parecía un jovencito de 16.  Su voz, sus movimientos y apariencia estaban entrando en reversa a la adolescencia mientras que su hija, de casi dos años, crecía sana y hermosa.

Fue en esa época cuando decidió jubilarse del trabajo y montar en su casa la oficina desde donde atendía algunas situaciones especiales de los negocios. Morelia, inteligentemente, aprendió con él lo suficiente como para ayudarlo con algunas tareas y para tomar algunas decisiones hasta que finalmente ella se hizo cargo de todas las responsabilidades legales de Joel en las empresas. Lucía, hasta entonces, permanecía incomunicada y ninguno de sus amigos sabía bien a bien en qué país vivía.

Cuando Joel cumplió 40, el festejo, íntimo, fue en la habitación de una clínica especial en donde estaba internado para ser permanentemente atendido por las frecuentes fallas de su corazón, su hígado y sus pulmones.

Parecía un niño de 9 años de edad. No hablaba con nadie. Su única actividad era, como cuando realmente tenía nueve años, leer libros bajados por Internet desde una mini computadora portátil. Prohibió a Morelia que llevara a su hija a la clínica y cada día le preguntaba su tenía alguna noticia de Lucía.

Cuando Lucía llegó, él ya no pudo verla. Una infección había atacado masivamente sus ojos y lo privó de la vista, pero sí supo de ella, la escuchó, palpó sus manos y, en inglés, le dijo que siempre la había amado. Le pidió que a su nombre le pidiera perdón a Morelia y que nunca se separara de su hija. Fue cuando murió.

Dos días después de su muerte, Morelia revisó con Lucía una serie de fotografías de Joel en las que, curioso, en todas sus edades, sus ojos aparecían siempre como los de un joven de 20 años. Azules, brillantes y reflejaban fuerza. Mucho más fuerza que la que de su cuerpo, pero menos que la que poseía en su mente.


OCHO.

Al cabo de una semana Lucía se despidió de Morelia y de la pequeña Lucía Morelia. Regresaba a Madrid en donde la esperaban su esposo y sus dos hijos.

Poco después, Morelia se regresó a Uruguay con su hija.



FIN.




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