lunes, 19 de mayo de 2014

La niña que se fue volando


Por Jaime F. Pérez Uscanga
El Mante, Tamaulipas. 18 de mayo, 2014.



Ya nadie cree en los milagros. Ese era el problema. Por más que Tomás y Yadira se esforzaran en visitar a la gente a sus casas para invitarlos a que fueran el domingo a ser testigos de la presencia de Jehová en el alma de su hija, y repartían unos volantes en los que aparecía una foto tomada justo en el momento en que el milagro se estaba manifestando, ya nadie o casi nadie se interesaba.

 Al principio aquello era una romería. El patio de la casa de Tomás se había hecho insuficiente para albergar ahí a tanta gente que venía de todos lados a presenciar como Jackelinne Ashira, vestida apenas con un vestidito blanco casi transparente que dejaba ver sin mucho detalle su cuerpecito desnudo, se ponía en trance y se elevaba no menos de un metro, quedando suspendida en el aire por diez minutos. Ni uno menos ni uno más. Siempre eran diez los minutos que duraba el milagro, tiempo suficiente para que, les decía Tomás con un micrófono conectado a una laptop que a su vez estaba conectada a una bocina de regular tamaño, pudieran orar, arrepentirse de sus pecados y pedirle al Señor lo que quisieran –menos dinero, ese no lo otorga el Señor, te lo tienes que ganar mostrándote generoso con quienes tienen los dones como el de Jackelinne Ashira, que se elevaba por los aires para conectar a ustedes con Dios. Así les decía al tiempo que Yadira pasaba con un bote de plástico adornado con la foto de su hija volando, pidiendo que depositaran ahí lo que sus corazones les dijera que era justo.

-Sean generosos con el Señor y el Señor será generoso con ustedes, repetía cientos de veces mientras caminaba entre la gente recolectando el dinero que, aseguraban, iban a dedicar en construir el Templo de la Sagrada Levitación o la Iglesia del Noveno Milagro –aún no estaban seguros de qué nombre ponerle a esta que podría llegar a ser una nueva religión-.

Por la casa de Tomás ya habían desfilado dos sacerdotes católicos que lo amenazaron con denunciarlo por andar defraudando a la gente y haciendo de las cosas de Dios un circo, así como siete pastores cristianos de distintas denominaciones que les ofrecieron adoptar y avalar el milagro de la niña si ellos accedían cederles los derechos de su presentación en público, a cambio de títulos honoríficos de sus congregaciones y seductoras cifras que “con el tiempo van a ir aumentando”.

Fueron también, un hombre que se dijo iniciado y que ofrecía estudiar el fenómeno paranormal de la pequeña Jackelinne Ashira; una mujer que les ofreció cien mil pesos, en efectivo -chilladitos uno sobre otro, les dijo, si le prestaban a la niña durante un mes para llevarla de gira por la huasteca potosina. Fueron, entre muchos otros personajes atraídos por el milagro, funcionarios del ayuntamiento, supervisores de la jurisdicción sanitaria, visitadores de derechos humanos, un par de malencarados policías ministeriales que trataron de espantar a Tomás con el cuento de que tenían una denuncia penal en su contra y que si nos les entregaba 20 mil pesos se lo iban a llevar a la cárcel.

Igual ya había ido varios reporteros que querían entrevistar a Jackelinne Ashira en pleno vuelo o al menos después de que descendiera de su vuelo milagroso y sorprendente, aunque no faltó el que exigió a Tomas un “convenio” de 5 mil pesos semanales si quería evitar que exhibiera ante los cientos de miles de visitantes de su portal de internet, el fraude del milagro.

Así, entre todo ese mundo de curas, pastores, policías corruptos, charlatanes, funcionarios del gobierno y hasta uno que otro jefe de los grupos armados que controlan el municipio que quería asegurarse que las cosas “no se salieran de su control”, para lo que les ofreció montar a unos guardias, primero frente a su casa y ya después, cuando era muchísima de gente que iba a ver a la niña milagrosa, en las esquinas del barrio.
-No vaya a ser, Tomás, que en una de estas le vayan a secuestar a su niña o a su mujer o a usted mismo. La cuota empezó con quinientos pesos semanales, que en menos de un mes subió a dos mil pesos cada domingo, hasta que empezó a pasar eso de que la gente dejó de ir a presenciar como el cuerpecito semidesnudo de Jackelinne Ashira se mantenía suspendido en el aire –sin trucos, eso ya lo habían comprobado una y mil veces- durante diez minutos exactos para después depositarse en el suelo y caer desmayada, empapada por un extraño sudor, pues el cuerpo de la niña se sentía frío, como si hubiera estado dentro de un refrigerador.

En vano habían sido entonces los esfuerzos que Tomás y Yadira hacían todos los días para atraer a la gente, las visitas que hacían casa por casa, los volantes, el perifoneo con el que anunciaban el milagro por toda la ciudad, incluso en los ejidos de la temporalera y de la cañera. Un domingo, incluso, llevaron a Jackelinne Ashira a la plaza principal ataviada con su vestidito blanco casi transparente y pagaron 400 pesos a los payasos que ahí trabajan contando chistes de doble sentido a eso de las ocho de la noche, para que la presentaran ante su público. Esto de llevarla a la plaza y presentarla con los payasitos fue después de que fracasó la campaña de promoción que generosamente les obsequió el periódico El Tiempo y que constó de la publicación de un reportaje de una plana con fotos a color, así como del programa en el que entrevistaron a Jackelinne Ashira y a sus papás en los estudios de la televisora de cable local.

-Qué caso tiene andar explicando algo que ahí está, a la vista de cualquiera, decía Tomás a su esposa. –La pinche gente ya no cree en nada… ni en los milagros por mucho que se los restriegues en la cara.

Yadira, por su parte, insistía en que tenían que seguir adelante con la promoción del milagro y en varias ocasiones discutió con Tomás hasta mentarle la madre porque él no estaba de acuerdo en llevar a su hija a la ciudad de México para que participara en el programa de la señorita Laura Bozzo, pues, pese a todo lo que había hecho para dar a conocer el milagro de su hija y para ganarse varios cientos de miles de pesos con las aportaciones de los fieles, sabía que todo tenía límites y, pensaba, eso de ir con la Bozzo a hacer el papel de “El Desgraciado”, que lucra con su hija a quien presenta en público semidesnuda, era ya demasiado.

-¡Si la gente no quiere creer en los milagros del Señor, que no crea y que chinguen a su madre!, gritó en medio de una discusión con Yadira, sin darse cuenta que ahí, acostada viendo la tele, estaba Jackelinne Ashira, escuchando. Tomando nota. Despertando a su conciencia.


DOS. JAKIE

Todo empezó cuando tenía nueve años y se desmayó durante un evento al que la directora de la escuela las llevó, con el uniforme de gala, a recibir al gobernador. Era un viernes y el calor era infernal. La cita era a las diez de la mañana y ya para la una de la tarde la espera estaba cobrando estragos. Varios niños se habían desmayado, unos porque estaban en ayunas, y otros por el calorón de cuarenta y dos grados.

Ese desmayo, que en el caso de Jakie –así le gustaba que le dijeran- había sido mucho más preocupante que los demás pues permaneció sin sentido casi dos horas y le costó una regañada de su maestra y de la directora porque a la mera hora que llegó el gobernador ella estaba desmayada y la carpeta con la carta que ella iba a entregar al gobernador en la que le pedían que les construyera una barda perimetral en la escuela e impermeabilizara el techo de las aulas porque cuando llovía las goteras mojaban todo, se perdió mientras los socorristas de la Cruz Roja la atendían.

Pero más que todo eso, ese desmayo fue el principio de los mareos que religiosamente sentía de las siete a las once de la mañana. Eran unos mareos intensos que la hacían vomitar mil veces y le impedían caminar, pues perdía el equilibrio y se caía. En una ocasión, una de esas caídas le costó una fractura en la muñeca de su mano izquierda y, como ella era zurda, pues peor, porque no podía escribir, lo que otra vez le causó conflictos con la maestra y la directora que ya la traían con ella.

Así, con esos mareos dominicales se la pasó todo un año, hasta que un domingo despertó sintiéndose bien y se sentó en el borde de su cama, vacilante, temerosa pero seducida por la idea de que si lo intentaba podría ponerse de pie y caminar pues no se sentía mareada.

Y así fue, Logró ponerse de pie, solo que cuando intentó dar el primer paso, en lugar de avanzar se elevó por el aire poco más de medio metro para enseguida bajar como en cámara lenta.

Pese a ser una niña inteligente, inquieta y precoz, Jakie se sintió rebasada por eso que le había pasado.

–No estoy loca, se dijo a sí misma. Estoy despierta y sí me elevé por el aire, pensó.

Esa fue, sin embargo, la única vez que levitó en esa época. Había sido como si la gravedad hubiera desaparecido para ella en ese momento; y como no encontró ninguna explicación y la verdad, estaba asustada, optó por no decirle a nadie lo que le había pasado.

Y así mantuvo su secreto durante todo un año hasta que, un domingo, cuando acababa de cumplir once y su cuerpo había abandonado ya las líneas de su infancia y había aparecido su primera regla y tuvo que aprender a usar las toallitas higiénicas, volvió a flotar por el aire, esta vez elevándose por encima del tocador de su cuarto. Si la sorpresa se lo hubiera permitido, con tan solo levantar un poquito su mano, hubiera podido tocar el techo de lámina. En esta ocasión la levitación de la Jackelinne Ashira duró casi dos minutos, por lo que en esta ocasión ya no tuvo ninguna duda sobre si “eso” que le estaba pasando era real, que no era alguna fantasía suya.

No obstante, pensó, mejor que nadie lo supiera. No todavía, al menos hasta que se sintiera bien con la idea de presentarse ante su mamá y su papá en medio de una elevación, como nombraba ella el fenómeno que cada domingo le visitaba y sorprendía menos, permitiéndose con ello intentar algunos movimientos mientras permanecía elevada, como hacer girar su cuerpo como lo hacía cuando iba con sus primas a nadar al canal y se sumergía en el agua.

Y fue un domingo de esos en que estaba practicando unos giros en el aire viéndose en la luna del espejo del tocador, cuando Yadira, su mamá, la sorprendió y cayó desmayada de la impresión –lo que también le costó que se fracturara la mano izquierda-. Aquella visión fue impactante, aterradora… por su cabeza se atiborraron mil presagios, mil preguntas y una sola respuesta: su hija, su Jakie, estaba poseída por el demonio y lloraba nomás de pensar en las escenas de pánico y horror que iban a sufrir cuando el sacerdote viniera a exorcizarla como en la película.

Esos fueron los días más difíciles que vivieron Tomás, Yadira y Jackelinne Ashira, quienes permanecieron encerrados en su casa durante toda una semana, casi sin comer, casi sin hablar, apenas si viéndose uno al otro, llorando y suplicando a Dios que liberara a la niña de los demonios que se habían apoderado de ella, pues, además, durante toda esa semana Jakie se negó a vestirse y andaba, así, desnuda, por toda la casa, lo que costó a Tomás varias discusiones con Yadira, quien le reclamaba que la viera y le había prohibido que se acercara a ella, pues una tarde los sorprendió abrazados, ella desnuda y el sin camisa, sentados en el sofá de la sala.

Al siguiente domingo, Jakie les pidió que se sentaran en ese mismo sofá para observar cómo se elevaba por el aire y cómo podía ya dominar los movimientos de su cuerpo mientras flotaba. Así fue como nació la idea, casi como un alivio para los pesares, los pleitos, la falta de dinero y la incomprensión del fenómeno de levitación presentado como un milagro.

El milagro era no solo la explicación idónea, sino podría, incluso, extenderse más allá, como eje de todo una nueva razón de ser de esa familia que se debatía entre la pobreza, la cultura propia de los barrios populares de El Mante –esa que se debate entre la religiosidad semicatólica y semicristiana- y las expresiones del narcofenómeno plasmado en su música, en sus grotescos bailes sexualizados, sus tatuajes, sus teléfonos celulares; en los pantalones masculinos muy por debajo de la cintura, las cachuchas con incrustaciones de piedras brillantes y zapatos tenis que recuerdan a los transformers; y para ellas, con sus micro shorts, sus micro blusas, sus percings y sus embarazos siempre prematuros, nunca planeados.

El milagro de la levitación de esa niña de formas atractivas y actitud seductora, algo así como una nueva versión de la Lolita, dotada en lugar de la faldita del uniforme escolar, con esta nueva parafernalia religiocista de la figura erótica y virginal.

Y fue así como todo empezó, y funcionó, y generó dinero, mucho dinero que se tradujo en ampliaciones de la casa –que ahora lucía ya una gran fachada- una gran camioneta 4 por 4, roja, de doble cabina y grandes llantas montadas en brillantes y costosos rines de aluminio de Tomás, el lujoso automóvil inteligente de Yadira y la enorme colección de vestiditos blancos, cremitas, verdecitos, azulitos, rojitos semitransparentes que a diario usaba Jakie, dejando entrever un minúsculo calzoncito blanco que solía usar de lunes a sábado, pues los domingos permanecía desnuda y se ponía sólo el vestidito blanco.


TRES. “El REMEDIOS”

Atrás había quedado la escuela, misma que sustituyó por una laptop, un celular inteligente y la enorme pantalla plana que tenía colgada frente a su cama. El milagro de la levitación había generado riqueza en el seno de esa familia que, pronto, se abrazó a la subcultura propia que, como dijimos antes, impera en los barrios de casi todas las ciudades de medio país.

En medio de ese estatus fue cuando surgió un problema: Jakie estaba embarazada. Tenía entonces doce años de edad.

Y aunque ella nunca pronunció el nombre del autor de su embarazo, ni dio detalles de cómo ni cuándo empezó a tener relaciones sexuales, algunos de los vecinos e incluso Tomás y Yadira, sabían que se trataba de Ramiro, a quien todos conocían como “El Remedios”, porque se dedicaba a vender “remedios” en la miscelánea de la esquina: pastillas, piedra y mariguana.

“El Remedios” tenía 20 años y era padre de tres: dos niñas y un niño, todos de distintas madres cuyas edades fluctuaban entre los 14 y 16 años, sin contar con el caso de Jakie, quien apenas había cumplido doce cuando se sedujeron.

La revelación del embarazo de Jakie se dio un sábado, cuando Tomás estaba sentado en el sofá, como siempre sin camisa, abrazando a Jakie mientras veían la televisión, cuando sintió que el vientre de su hija estaba abultado. Apenas si podía notarse. Lo hizo porque la estaba acariciando, cosa que, por cierto, ya no molestaba a Yadira.

-Estoy embarazada, le dijo como si nada Jakie, dejándolo mudo por varios minutos.
-¿De quién es…?, le preguntó, obteniendo un largo silencio como respuesta. Y parándose del sofá, Tomás jaló a Yadira de una mano para conducirla a su recámara, en donde permanecieron encerrados por varias horas, discutiendo sobre qué iban a hacer con la niña del milagro de la levitación embarazada.

Esa fue la última vez que Tomás se sentó junto a Jakie para ver la tele mientras acariciaba su cuerpo. Y también fue la última vez en que Yadira la trató como a una niña. A partir de ese momento, la familia se constituyó en tres adultos que debían resolver un problema, aportando cada quien sus ideas… ideas que nunca encajaron como solución, hasta que Jakie sugirió que se fueran a vivir a otra ciudad.

-Vámonos a Matamoros, allá que nazca mi bebé y ponemos un negocio. Aquí, añadió, lo mío ya no es negocio y me da miedo que vaya a lastimar al bebé durante una elevación.
-Ya habrá tiempo para que las cosas se normalicen y a lo mejor volvemos a poner lo de la iglesia en Matamoros o en algún otro lugar, dijo Yadira.
-O nos vamos a las rancherías cada domingo, llevándoles a sus casas el milagro de Jakie, sugirió Tomás.

Jakie, optó por no decir nada más. Se irían a Matamoros como ella lo había decidido, dejando atrás todo, la casa, la iglesia, las presentaciones de su milagro. Al fin la gente ya casi ni viene. Ya no creen en mi milagro.

Y nunca les confesó que ya no solo levitaba los domingos. Tenía, desde el día que se embarazó, que podía elevarse por el aire todos los días, a la hora que ella lo decidía, y que sus vuelos ya no eran de solo un metro de altura. Una noche su fue al fondo del patio de la casa, detrás de unos árboles de mango, y voló tan alto que pudo ver los árboles desde arriba, y su casa y todo el barrio. No podía, hasta ese momento, avanzar horizontalmente, solo subía y bajaba, a voluntad, haciendo piruetas, pero nada más, aunque ella estaba convencida en que algún día lo lograría.

Y ese día se iría lejos de todos y de todo.



FIN.


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