viernes, 14 de marzo de 2014

Champiñones oaxaqueños...


Por: Jaime F. PérezUscanga


Nunca llegamos a lo que nos habíamos fijado como nuestro destino: Huautla, un pequeño poblado enclavado en la Sierra Mazateca, en Oaxaca. La crecida de un río nos lo impidió. Atrás habíamos vencido otros obstáculos, como el de la partida militar que nos retuvo durante más de 4 horas porque tenían que administrar el tráfico de visitantes que en aquella primavera habíamos masivamente decidido ir a visitar a María Sabina.

Y aunque la crecida del río no nos hubiera detenido, nunca hubiéramos podido llegar a la casa de la ya para entonces legendaria Sabina, porque antes que nosotros había no menos mil personas, jóvenes en su mayoría que, provenientes de prácticamente todo el mundo, estaban esperando su turno para comer con pequeños mordiscos, los “angelitos” que la chamán ofrecía con sus propias manos en medio del humo de incienso, rítmicos sonidos de instrumentos construidos con jícaros y piedras de río e interminables plegarias, unas cantadas y otras recitadas.

No recuerdo bien si se llamaba Jacinto o algo así el viejo aquel que nos guió durante las más de cuatro horas en que estuvimos en su casa navegando en la psicodelia de la contracultura y la subconsciencia por efecto de la mezcalina, la sustancia activa de los pequeños peyotes que por las mañanas recolectaba de entre los matorrales de la sierra.

Viaje inolvidable, triple: el que hicimos de ida y vuelta por carreteras y senderos; el de los sentidos en distorsión fantástica; y el de la convivencia multinacional y multicultural aderezada con mariguana, vodka, brandy o ron, guitarras, sexo anónimo, fogatas, lecturas en solitario o comunales y disertaciones interminables de las corrientes filosóficas como el existencialismo de Kierkegaard y de Nietzsche; o el positivismo de Kant, el marxismo de Engels, el rígido y atrayente racionalismo de Descartes; las corrientes propuestas por José Ortega y Gasset, o los ensayos de José Ingenieros (“Hacia una moral sin dogmas”, mi favorito, tan actual siempre), acompañados con la música de The Beatles, Kiss, Yes, Pink Floyd, Eric Clapton,  Janis Joplin,, Rod Stewart y muchos más. Todo eso durante cinco inolvidables días. De ahí, cinco meses después, algunos de mis amigos la siguieron en Avándaro. Yo no pude ir.

A los veinte, en esa época, en mi entorno, se hacía eso y más.

Otros, más conservadores, habían optado por irse de borrachera y visitar alguna de las más famosas casas de putas del puerto (Veracruz) para dejar ahí, en un frustrante acostón de cien pesos, su virginidad. Como dato curioso, vale comentar que algunos estudios aseguran que los de esta especie, cuando adultos, vivieron (o viven) adorando la cerveza, la reuniones de bohemia en torno al asador de carne, el whisky, el fútbol por televisión, el dinero plástico, la “casa chica” y los autos.

Y claro que también hubo algunos que decidieron (unos por miedo y otros por conciencia), no cometer ningún exceso en su paso de la adolescencia a la juventud. En aquella época ese salto se daba entre los 17 y los 20 años de edad.

Como siempre, también hubo quienes ahí se quedaron, unos por mucho tiempo y otros hasta que la vida se les fue en un mal viaje de alguna droga sintética o en algún trágico accidente de parranda. Los demás, cada quien a su manera, seguimos con nuestras vidas. De eso, hace alrededor de cuarenta años...



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