domingo, 29 de diciembre de 2013

Los miserables del siglo XXI…


Memorándum, de Jaime F. Pérez Uscanga


Victor Marie Hugo, fue un destacado político, pensador, poeta y escritor francés que en 1862 escribió la novela titulada “Les misérables” (Los miserables), obra en la que el autor plantea a través de su argumento, un razonamiento sobre el bien y el mal, sobre la ley, la política, la ética, la justicia y la religión.

“Los miserables” es considerada la obra más leída durante el siglo XIX y representa una excelente referencia del contexto social de la Francia en los años posteriores a su revolución, la Francia de los desprotegidos y oprimidos. Formó parte, desde luego, de la extensa lista de obras de lectura obligada en mi paso por la preparatoria del Colegio Cristóbal Colón, en Veracruz y, en consecuencia, como muchas otras, influyó de manera importante en lo que al paso de los años se fue configurando como mi propio pensamiento y visión del concepto de la sociedad y de los principios y valores que la sostienen.

En obvio de que las condiciones en que las clases más desprotegidas de la Francia del siglo XIX nada tienen que ver con las que hoy viven esas mismas clases sociales en nuestro país, es necesario colocar sobre la mesa al segmento social que, pese a todos los adelantos y avances culturales, económicos, científicos y tecnológicos, prevalece aún con casi idénticas condiciones a las de los miserables de Víctor Hugo.

Me refiero a todas esas personas que día a día nos extiende su mano para que le demos algunos centavos, a las niñas y los niños que frecuentemente se nos acercan para que les compremos alguna golosina o que, de plano, les regalemos alguna moneda. A los muchos que optaron por las calles para de alguna manera sobrevivir ante las insoportables condiciones de miseria y violencia que les ofrecía su hogar. A jóvenes los que prefieren la certeza de la muerte antes que la incertidumbre de lo que la vida les ofrece… y, de manera especial, a quienes ni siquiera tuvieron la oportunidad de elegir porque su naturaleza o alguna variable de las miles que en algún momento enfrentaron, les canceló parte de sus capacidades intelectuales y nubló la razón, cualidad que los arroja prácticamente al reino animal, a la subespecie de la humanidad reducida que tan solo cuenta con sus instintos para sobrevivir y de la ocasional solidaridad de quienes les rodeamos.

Aquí, en El Mante, no solo no somos ajenos a tales fenómenos de miseria, marginación y locura. De hecho nos es inherente, cotidiano, propio… tanto que antier y ayer lloramos por la muerte de un muy conocido hombre, “El loco Saavedra”, quien cayó abatido por el frío. Saavedra era un popular loquito que había tomado las calles de la ciudad como casa. Era alimentado por los empleados y propietarios de prácticamente cualquier restaurante o fonda; la gente le regalaba ropa, zapatos, refrescos, cigarros y hasta dinero, aunque también le hacía blanco del desprecio, de la burla, de la agresión, del abuso.
Por tratarse de ser miembro de una conocida familia, era medianamente tolerado y formaba parte de la escenografía citadina, hasta que la noche del pasado jueves una neumonía lo asaltó y 24 horas después murió en un hospital, hecho que se convirtió en el tema que dominó durante horas en las redes sociales en el entorno local.

Antes que él, muchas y muchos menesterosos locos han perecido. Y muchos otros lo seguirán haciendo, uno a uno, como si existiera una inacabable fila esperando turno para hacer su debut ante la sociedad, cada uno con sus características particulares, y luego desaparecer. Unos, como Saavedra, de manera trágica, otros con discreción.

Cíclicamente, al inicio de cada verano, aparecen de la nada, nuevos locos que como si estuvieran guiados por alguna brújula, convergen en el centro de la ciudad, en donde permanecen por lapsos indeterminados. Algunos de ellos/ellas, llegan para quedarse hasta que la muerte les hace de lado; otros/otras, simplemente se van.

En tanto, la gente, nosotros, les vemos, los despreciamos, les ayudamos y ocasionalmente les obsequiamos alimentos o ropa; circunstancialmente alguna autoridad les asea. Hasta hace pocos años sufrían del arresto y eran confinados temporalmente en la cárcel municipal en donde sufrían innarrables torturas y abusos. No se sabía qué hacer con ellos. Hoy, de plano, se les ignora.

Cuando las condiciones climatológicas son extremas, son conducidos a algún refugio del cual enseguida escapan para volver a sus calles, a sus rutinas, al mundo de los miserables del siglo XXI.

¿No habrá alguna fórmula por la cual la sociedad, nosotros, de la mano de las autoridades, podamos hacer algo de beneficio común, que represente seguridad, higiene, alimentación, salud y reclusión digna para ello?

Para un pueblo como El Mante, en donde las necesidades son incontables, las urgencias muchas y los recursos para superarlas mínimos o inexistentes, la edificación y operación de un hospital psiquiátrico es impensable; pero no una casa, un asilo, un lugar al cual se les pueda confinar a fin de proporcionarles condiciones humanas de sobrevivencia.

Nadie puede decirse ajeno a este problema. Tal vez directamente no nos impacte lo suficiente como para sentirnos obligados a hacer algo, pero no por ello dejan de ser nuestros miserables y en cada uno de ellos, va la marca de nuestra indiferencia.







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