domingo, 13 de octubre de 2013

El mínimo exigible…



Jaime F. Pérez Uscanga | El Mante, Tamaulipas, México



Imagine usted a un médico a quien se le señala como autor de la muerte de sus pacientes, que se justifique diciendo: “Soy negligente; desconozco los fundamentos mismos de la medicina, así que a mí, ni me volteen a ver …”

Pues lo mismo sucede con quienes, por vocación, supervivencia o cualquier otra razón, nos dedicamos a prestar nuestros servicios como comunicadores y, desfachatadamente, rechazamos nuestra responsabilidad de ser rigurosos con el empleo de la gramática, la dialéctica y la ortografía, para el caso de quienes manejamos el lenguaje escrito, así como de la correcta pronunciación y locución para quienes lo hacen con su voz y, en todos los casos, con el puntual empleo de las herramientas básicas que obligan a los comunicadores a informar y/o opinar estableciendo bases mínimas de veracidad, objetividad, decencia en el lenguaje, claridad en las ideas y, por supuesto, con el rigor que exige la ética profesional.


En los últimos meses, tras el anuncio y posterior consumación de la reforma educativa con todo y las protestas y controversias desatadas antes, durante y después de su proceso legislativo, el tema de la calidad en la educación se convirtió, me atrevo a declarar, en uno de los más importantes y recurrentes en prácticamente todos los ámbitos de la vida nacional. Más allá de los valores políticos y mediáticos del tema, a todos nos queda claro que México requiere, con urgencia, una verdadera revolución –no reforma- educativa que nos coloque en condiciones competitivas ante el mundo.

Y el tema nos alcanza a todos. A los comunicadores, particularmente, con mayor énfasis, por los alcances que tienen -tenemos- para llegar a mayores o menores núcleos de la sociedad e influir positiva o negativamente en ellos. Ahí está, como botón de muestra, el sonado escándalo desatado por una conocida animadora de la televisión comercial, titular de un grotesco ‘reality show’, derivado justo de su baja, muy baja calidad profesional.

Con menor énfasis pero con igual nivel de irresponsabilidad, día a día damos cuenta en todos los medios, de comunicadores que sin el menor asomo de pena, hacen del lenguaje, escrito o hablado, un trapeador, sin que paguen las consecuencias de tan ofensivo actuar. Y hay casos en los que, con desparpajo, se atreven a advertir: “Soy ignorante, así que a mi ni me volteen a ver..."

Y si nadie se molesta porque un comunicador escriba 'vurro’ o ‘baca’, menos aún deberá nadie hacerlo si con esa ortografía, se difunden mentiras, infundios, suposiciones meramente subjetivas o, de plano, oraciones de muy baja ralea… parecidas a las que oralmente expresa la animadora-conductora antes mencionada.

El Facebook, la plataforma más popular de las conocidas en su conjunto como redes sociales, ha sido el escaparate más lamentable de muchos ejemplos de desprecio al uso correcto del lenguaje y la buena educación. Allí puede usted encontrar, más allá del empleo justificable de abreviaturas y expresiones propias al medio, el más ofensivo y lamentable muestrario de desprecio por el lenguaje, particularmente por la ortografía. Una cosa es adoptar un lenguaje propio de un medio con Facebook, y otra muy distinta es escribir con imperdonables faltas de ortografía... ¡vaya!, hasta la ausencia de acentos (tildes) o el escribir un nombre propio sin la inicial en mayúscula, pueden perdonarse; pero la omisión de una hache, el uso equivocado de una be/uve, de una ese, ce o zeta, entre muchos otros errores recurrentes, es inadmisible. 

Ahí está el ya muy famoso "ola k ase" (Hola, ¿qué hace?) como ejemplo chusco de una penosa realidad. 

Tengo un amigo, periodista mantense, con quien bromeo por las muestras de la ignorancia y el desprecio que unas señoritas aspirantes a maestras, tienen por el lenguaje, particularmente por la ortografía, con faltas, no exagero, del tamaño del ‘vurro’ y la ‘baca’. ¿Cómo les habrá de ir a sus futuros alumnos?, nos preguntamos en tono de burla.

Pues del mismo tamaño es el caso de muchos comunicadores para quienes el lenguaje es ‘algo’ con lo que trabajan. El descuido resulta grotesco y debe, para todos, ser inaceptable. Intolerable.

La exigencia de un mínimo de calidad es, para el caso de los comunicadores, un asunto importante. No podemos, como sociedad, pasar por boba y hasta aplaudir tal exhibición de desprecio por nuestro lenguaje, por las reglas más elementales de su correcto empleo. No, sobre todo, cuando se trata de profesionales de la comunicación, cuyas voces y textos trascienden y pasan a formar parte del muy lamentable nivel educacional del que tanto nos lamentamos en el país.

Habrá pues que promover un alto a tal ignominia. Decir ¡ya basta! a la exhibición desfachatada de tan baja calidad. La dignidad del quehacer de los comunicadores, debe empezar por la auto exigencia de calidad y del empleo correcto del lenguaje.

¡Ya basta de tanta incapacidad derivada por la ignorancia!, ¡ya basta de tanta basura!, ¡ya basta de tanto desparpajo impune!

La sociedad merece respeto por parte de los comunicadores, y ese respeto empieza por la correcta expresión oral y, sobre todo, escrita… ya vendrán después las demás exigencias sobre la calidad profesional y la ética. Primero, al menos, hay que poner un dique al desprecio por el lenguaje por parte de los que tenemos la responsabilidad de informar, opinar, conducir, orientar a la sociedad.


*Jaime F. Pérez Uscanga



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